sábado, julio 21, 2007

66

La encontré leyendo una novela rosa en medio de la calle, sentada en una banca de madera con patas de hierro, el sol jodiendo arriba. Eran las dos. Cuando llegué a su lado hizo un gesto, como al despertar de un sueño, alzó la mirada y me vió.

Alguna vez se creó un lazo de amor con uno de esos seres que vagan como un reflejo. Sintió lo intangible, y ahora dentro del libro parecía hallar la felicidad que nunca logró. Pero en aquel instante en que la quedé mirando, yo arriba y ella abajo, los ojos como ansiosos de ternura, un hecho grave nos sacó del silencio: se cayó algo del interior de su libro.

- Ah, disculpa, no sabía que estabas leyendo.

Estiró el brazo y recogió la foto sin pararse de la banca. Logré ver el título del libro. Metió rápidamente la foto dentro de las hojas amarillentas y me respondió:

- No, está bien, ven…
- Gracias.

Me senté a su izquierda; nos volvimos a mirar y nos sumergimos en nuestra propia ilusión del otro. Le propuse leerle un verso recién acabado, aceptó; luego ella me leyó uno suyo, algo pueril me pareció, pero, bueno, en su voz sonaba a música:

“Entre espinas
entre mierda
entre nada
entre vidas
que no viven
entre tú y yo
sólo existe niebla
espesa como azul
y corres cuando me tomas la mano
me jalas y me llevas hacia tu cueva
con amor
con pasión
pero ten compasión
cuando me dejes
destrozada
con el pecho abierto
muerta de amor por ti”

- ¿Te gusta?
- Un poco, sí, creo que sí.
- No estaba tratando de escribir precisamente para alguien, sino más bien pensando en mí misma.
- Eso es mejor.
- Sí, ya lo sé, por eso te hice caso, me senté, y después de un rato sentí como una liberación, fue en ese instante que me vino la inspiración, cogí la hoja y…
- Lo hiciste.
- Sí.