sábado, febrero 24, 2007

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Vi que llegaba con su traje negro, iba y venía por la estación, iba y llegaba con largos cabellos, venía hacia mí, pero no.

Fue él quien la despojó del abrigo, y así se metieron en un ascensor. Bajé rápidamente para verlos en su ir, y algo que no sé ni supe me invadió; algo como el miedo. Iban abrazados y sonriendo, luego entraron en un túnel de vidrio transparente y los seguí con la mirada desde mi punto al otro lado del puente. De saltos dieron a parar en un pozo bajo el estacionamiento. Los seguí espiando y se besaban; de ansiedad se comían.

Luego de horas que parecieron minutos vi, a través de un hoyo en la pared, que ella se alejaba, se alejaba de él, vi al otro lado y él se iba volviendo perro, lobo o vampiro, todo junto, ella gritó y sentí su miedo, me llené de pánico y pensé, quise, que ella fuera igual. Así ella se llenó de pelos, se puso colmillos fuera y lo rescató de una muerte que parecía inexorable en su violenta transformación.

Así fue, y ellos salieron, se tiraron precipicio abajo (ella lo cargaba; y tenían la cabeza con aspecto como de “perros chinos”, pelados con un moño medio punk cual cresta) y cayeron sobre la tolva de un trailer que justo por ahí pasaba. De pronto vi que del vientre él sangraba, ella le sostenía la cabeza, él gemía, ella levantó la vista como buscando auxilio, sentí que me buscaba, pero en la angustia él saltó disparado muy alto, como veinte metros saltó, y cayó parado sobre un trailer al lado, se rió y ella, al instante, volvió a ser ella, humana y hermosa, con su abrigo de cuero largo; y vi sus botas rojizas, su ropa interior negra ajustada, sus largos cabellos lacios hasta las caderas, y una pistola en su mano.

Ella saltó hasta él, pegó el cañón contra su pecho, apuntándole al corazón; inmóviles se quedaron, con los mentones levantados, mirándose y escrutándose, temblando de pasión. Pensé que iba a disparar, me tapé los oídos y vi la película muda del amor: ella se le acercó y se besaron, y su mano tembló, soltó el arma. Una música de violines ganó en fuerza al ruido de los truenos, todo se oscureció… De pronto me hallaba yo en el mismo lugar de la estación en que los vi por primera vez, par de desconocidos, caminando del brazo; y ahí estaban, comentando que ese pasaje de vidrio tenía algo raro, y pronto sentí que se iban, sonrientes, narrando la historia que yo viví.