sábado, diciembre 30, 2006

Una escena no tan cotidiana

No estaba tratando de hacer ninguna foto en especial aquel día, pero recuerdo que las circunstancias me llevaron hasta un lugar que me pareció peligroso. Estaba en un edificio tomando fotos a un político y en el corretear por la mejor toma perdí el ascensor; justo después, al bajar por las escaleras y ver cómo el ascensor se atoraba, puede ver al máximo mandatario bromear y salir del ascensor que estaba detenido, con el piso a la altura de nuestras piernas; el presidente salió del atascado ascensor, no sin antes imitar una escena pornográfica (una mujer echada con las piernas abiertas) ante la risa de los presentes. Fue ahí cuando me perdí y tuve que caminar sin rumbo, luego de que en el alboroto todo el grupo se fuera en sus móviles y yo me quedara sin poder subir a ninguna. Llegué a una calle donde siempre era de noche, y de pronto sentí la compañía de un amigo. Éste me guió hasta el viejo instituto. Ahí pude ver la salida de los nuevos alumnos y pude reconocer a una que otra chica, creo que era una secretaria.


De pronto la esperada acción llegó para sacarme del aburrimiento. Una turba de ancianos (quienes habían estado haciendo cola pacificamente minutos antes) tomaron un local aledaño y hubo una redada policial. Recordé el motivo de mi visita al instituto: de pronto me vi en la cola de los que estaban esperando un documento, quizá el título profesional. Fue entonces cuando el policía me dijo que le muestre lo que tenía en los bolsillos, y la secretaria tras la ventanilla me salvó llamándome por mi nombre... ya nadie me iba a revisar.

Solo, con un papel en la mano y el cielo ya amaneciendo, llegué hasta el lugar de los hechos importantes en esta historia. Era una calle que terminaba en una curva cerrada que prometía una salida; el piso era de piedras y hormigón y yo había perdido los zapatos en el viejo corretear. Antes de ingresar en la calleja me encontré con una señora sentada en la esquina de un casino, ella vendía algo, disfrazada de ñusta o árabe o las dos cosas, y su hijita iba a su lado vestida igual. "Y ahora cómo le va" le dije; "igual", me contestó apesadumbrada.


Entré en la calle curva viendo cómo mis pies iban doliendo y sintiendo las piedras herir mis bases. Era de día, algo nublado, y un ladrido me hizo detenerme en medio de la calleja; busqué entre las paredes al emisor de ese sonido y noté el monótono color gris de sus paredes descascaradas, y noté a un niño sentado y riendo a mi lado, y vi al perro (chusco con siberiano, blanco) que me estaba ladrando. Como estaba en una especie de media luna, ya que el callejón se fue tornando hacia la derecha, se había perdido toda visión de las demás calles aledañas, ahora alejadas. Solo sentí el seco sonido de las piedras saltando tras el correr del animal, al cual no quise ver pero no pude evitar sentir sus colmillos hundirse en mi pie izquierdo, en el empeine, en las entrañas de mis miedos, y de pronto me di cuenta de que había perdido las medias, ya no estaban, solo el perro, yo y la sangre. Traté de disfrutar del tenue dolor de sentir sus dientes clavados en mi pie, pues no me había dejado de morder, fijos los colmillos en mis tensos músculos podales, cuando de pronto sentí una carcajada. Era el niño, fiel espectador de un espectáculo que parecía cotidiano para él, pero no por eso menos risible, y quizá le gustó tanto mi gesto de dolor que no pude más que reventar de cólera ante sus imparables carcajadas y burlas: lancé un grito de guerra y cogí un gran pedazo de pared tirado por ahí, la misma pared grisácea que pudo camuflar en su simbiosis al perro blanco percudido (pues ella también parecía reírse y hasta deleitarse con la sangre salpicada de mis pies y, aunque nadie me lo crea, pude ver cómo las manchas de sangre iban desapareciendo de la pared que se alimentaba sutilmente).

Alterado y con el arma en la mano, pude por fin liberarme del perro que intentó huir, pero no, perro bonito, no ibas a huir de mi ira, te ibas a morir ahí mismo, ya antes había jugado con unos perros y conocía que su punto débil, como sucede con otras bestias, es a la vez su parte fuerte. Le iba a coger, y en verdad lo hice, del hocico, el cual abrí hasta casi fracturarle la mandíbula. Cómo iba a disfrutar de esa lenta muerte mientras abría más y más el hocico hasta escuchar el "crack", si no fuera porque el niño gritó. Ante el alarido infantil llegó el hermano mayor, y fue una pequeña sorpresa cuando vi llegar a mi amigo, sí, el mismo que me había acompañado horas antes era su hermano, el mismo amigo, al menos en este día, y llegó con la determinación de acabar de una vez por todas con este accidente que tanto me cansa ya escribir. Me dijo que no lo mate, que lo suelte, pues justo llegaba su madre quien quería mucho al perro, y me dijo también que me llevaría a su casa (en esa misma calle) a curarme. Le hice caso y solté al perro, y pude ver cómo se iba a esconder detrás de las piernas de mi amigo, con el rabo entre las patas y haciendo el sonido ese que se parece al ruido que hacen los autos cuando frenan abruptamente, como llorando.

Llegó la madre y me vio parado en la entrada de su casa sin pantalones, pues tuve que lavarme la herida; me vio y se puso a llorar avergonzada mientras ingresaba en su casa, a la vez que se disculpaba por el daño. Yo apuraba a mi amigo para que me devuelva el pantalón pues ya no soportaba esa situación, y tanta fue mi ansiedad que me metí en la casa, que era de adobe y medio oscura. Fue entonces cuando pude ver el cuadro que se me quedará grabado por mucho tiempo y que es la esencia de esta historia: por una ventana sin ventana vi a la madre planchando en la penumbra y, a la luz de la puerta abierta, al perrito (esta vez más chico, casi un cachorrito) que estaba sentado y cada vez más blanco en su blancura, llegó a ladrar y ese ladrido fue como una liberación, como si mi alma se saliera de mi cuerpo para ser solo eso: el perro ladrando sin sentido, el perro vuelto a la niñez sentado dentro de una caja vieja de cartón, el perro era el mundo y... luego el sonido, increíble, pero lo oigo aún, y es algo mágico poder oírlo de nuevo al solo recordarlo, fue cuando la mujer le dijo algo al perrito, quizá una amenaza de esas que dan las madres pero que nunca cumplen sino que son para educar a sus crías, cuando el perrito le contestó en una especie de aullido algo parecido a estas palabras: "mamá". Y creo que fue eso lo que le dijo, pues de inmediato la mujer empezó a llorar y hasta aprovechó las lágrimas como agua para planchar. No quise malograr esa escena, que era la más pura y densa ternura, así que me quedé quieto y me concentré de nuevo en el perro, hipnotizante ya en su blanco resplandecer, cuando de pronto vi en su hocico las huellas de la mordedura: una franja roja que le cruzaba el hocico y que sentí ya indeleble; se me oprimió el corazón y no pude contener una lágrima, porque no supe, ni sé, si esa mancha roja entre el pelaje blanco era mi sangre o la suya. Luego sentí el sollozo de la mujer mirando al cachorro, quizá intuyendo el futuro que le esperaba.